domingo, 15 de enero de 2012

Vuelve el agua al Patio de los Leones de La Alhambra

La noticia cultural de la semana es la inauguración (con parafernalia institucional incluida) de un novedoso sistema hidráulico que permite disfrutar, de nuevo, del agua en el Patio de los Leones de La Alhambra granadina. Sin ánimo de ponernos críticos, el evento casi no debería ser tal, si el palacio nazarí estuviera conservado como merece un monumento declarado, desde 1984, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.  Desgraciadamente, sin rozar siquiera el abandono de épocas pasadas, a veces, la conservación del legado monumental español no se hace con el mimo que requieren obras de tal magnificencia. 

La Alhambra de Granada

La que fuera residencia y morada del último rey nazarí es el monumento español (que no museo)  que recibe más visitas al año, extremo éste bastante lógico si tenemos en cuenta que el palacio mozárabe es una joya arquitectónica y artística única en el mundo. Tan solo el Alcázar de Sevilla, una copia o imitación del granadino,  llega a parecérsele y, por supuesto, no hay un edificio similar en territorio europeo.


El Albaicín, el barrio árabe-medieval que se extiende a sus pies, la Catedral  (donde se encuentra el mausoleo de los Reyes Católicos), el Generalife y las distintas salas y patios de esta maravilla que es la Alhambra atraen hoy a miles de viajeros llegados, literalmente, desde todos los rincones del orbe movidos por el deseo de conocer de primera mano el último reducto de lo que un día fue el esplendor de Al-Ándalus. Bien conectada por carretera, el viajero sibarita puede, incluso, elegir entre una amplia gama de hoteles lujosos en Granada, algunos de especial encanto, ya que son el fruto de cuidadas rehabilitaciones de antiguas residencias señoriales que nos hablan de la época gloriosa de la ciudad del Darro y el Genil. 

Vicisitudes históricas de La Alhambra

Aunque, al día de hoy, y al margen de la pequeña crítica del principio, existe un patronato encargado de velar por la integridad y conservación del monumento nazarí, no siempre fue así.  El resentimiento hacia el conjunto palaciego comienza en 1492, cuando Boabdil, “el Chico” o “el Desgraciado”, tiene que exiliarse tras la conquista de la ciudad por parte de Isabel I, “la Católica”.  Unas décadas más tarde, cuando accede al trono el nieto de la reina castellana,  Carlos I, en un afán por simbolizar el nuevo poder que revestía su persona, se hace construir un mastodóntico palacio circular en el centro mismo de La Alhambra que, a pesar de su cuidada línea renacentista, no puede más que desentonar (por utilizar un término amable) con la gracia de la construcción mozárabe. Las fuentes documentales que se barajan no tienen constancia de que el Emperador pisara tan ilustres estancias.  

A partir del siglo XVI La Alhambra entra en un paulatino e imparable abandono hasta tal punto  que las torres de la antigua medina se van cayendo unas tras otras, el moho y la humedad deshacen las yeserías, se utilizan las piedras como material de cantería y, en el siglo XIX, llega a ser ocupada (en el sentido contemporáneo del término)  por bandidos, mendigos y gitanos nómadas que paraban a los pies de Sierra Nevada. 

De esta guisa (desmoronándose, fuegos en los patios, ocupada por animales y gentes transfronterizas, repleta de basuras y excrementos…)  se la encuentran los viajeros extranjeros (sobre todo ingleses) que se adentran en estas tierras, por entonces inhóspitas, de la antigua Al-Ándalus como complemento exótico a ese viaje iniciático muy popular entre la élite anglo-germánica de la época conocido como Grand Tour. Son ellos los que se lamentan por el estado de abandono de tan peculiar edificio promoviendo, con este gesto, que los intelectuales hispanos tomaran conciencia de la ruina en la que se encontraba la práctica totalidad del patrimonio artístico del país. Las pequeñas intervenciones llevadas a cabo, muy a finales del siglo XIX y principios del XX, tenían como objeto, simplemente, el que el edificio no se viniera abajo. Y hay que esperar hasta mediados de la pasada centuria para que se que acometiera una intervención integral en toda regla. 

El Patio de los Leones

Y la noticia de esta semana coincide con una de esas rehabilitaciones, la que quiere devolver el esplendor del pasado a una de las estancias más señeras de La Alhambra: el Patio de los Leones. Los trabajos están siendo tan minuciosos que han sacado a la luz, por ejemplo, policromía perdida en las esculturas teriomorfas de tan ilustre fuente y terminará cuando se complete el solado con mármol de Macael (como son las columnas que circundan la estancia). 

La fuente del Patio de los Leones responde a un concepto simbólico muy extendido, especialmente en el Islam, pero común a las religiones que beben del Antiguo Testamento: el manantial que se encuentra en el  centro del Paraíso y del que brotan (como en La Alhambra) los cuatro ríos de la vida. Su murmullo, tras el silencio, como reza una inscripción del palacio, es la mejor música para el hombre con ansia de Dios.  

A partir de hoy, el viajero en busca de paz (bastante difícil) o belleza (afortunadamente posible) podrá oír el rumor del agua que mana de los doce leones de piedra (simbolización del que ha encontrado la verdad interior) de este monumento único en el mundo.  

Una colaboración de Candela Vizcaino, creadora del blog viajesaristocráticos.com 

Fuente del patio de los Leones, en La Alhambra (Granada)

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